Sociedad de la impavidez

La evidencia más cercana de que la participación se ha fagocitado, es decir que atraviesa por la neutralización e inmovilidad, se expresa cuando las acciones que puede hacer cualquier persona en beneficio de otra son antepuestas por la filmación de vídeos o la captura de fotografías, aun cuando se estén cometiendo los más execrables delitos. Para muestra un botón: el asesinato del taxista en la ciudad de Ambato por parte de un delincuente, que operó a plena luz del día y que tuvo una tribuna de testigos que luego inmortalizaron cada uno de sus movimientos desde celulares, para que luego las morbosas imágenes sean viralizadas como prueba flagrante del crimen, magnifica la indolencia. El vídeo circuló en las redes sociales provocando el pánico, pero también la impotencia de que no se hizo nada.

Por ello, en una sociedad en donde las guerras entre los pueblos se transmiten en tiempo real como si fueran videojuegos, todo puede suceder. En las tres últimas décadas, la tecnología no solo que ha irrumpido en todas las actividades de la vida cotidiana para que en algunos casos se simplifiquen etapas, procesos y reduzcan costos, sino para que también nos individualicemos aún más, al punto de provocar reuniones entre amigos por medio de videoconferencias antes que deleitarnos de la presencia entre pares como prueba ineludible de nuestra humanidad. Parecería que la tecnología nos ha puesto frente al espejo, pues refleja nuestras debilidades, temores y altas dosis de horror hasta cuando no nos toque experimentar alguna desgracia.

Parece que cada vez resulta lejana la fabulosa idea de la tribu, es decir de aquello que nos permite sentirnos parte de un grupo, porque dentro de éste tenemos la certeza de que con cada uno de los miembros se actualiza, de manera permanente, poderosos lazos de identidad y pertenencia que, a su vez, nos garantizan seguridad, respeto por los más ancianos, las mujeres y los niños, confianza y la construcción de la memoria colectiva. Aquella idea de ser felices en la aldea, ahora es ridiculizada porque cada cual quiere hacer su vida al extremo de la impavidez y la justificación de cuidar nuestro metro cuadrado.

Las imágenes de la muerte del taxista alimentarán el registro audiovisual de las redes, de ese espacio que es de todos y, por lo tanto, que tampoco es de nadie. Las emociones, los comentarios, las protestas de los cibernautas sobre este crimen, así como de otros, quedarán ahí, en la esfera de lo virtual desde la cual no se resuelven muchas de las cosas que suceden por fuera de las pantallas del cine, de los smarthphones, de las tabletas. Esto no supone, por cierto, caer en la trampa de una mirada apocalíptica del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pero sí obtener una radiografía en múltiples dimensiones en pos de examinar en qué momento de la sociedad vivimos y qué nos ha provocado la inacción de cara a situaciones que ponen a prueba la misma humanidad.

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