Lenín Moreno, entre el laberinto y la buena vibra

Lenín Moreno, entre el laberinto y la buena vibra

Lenín Moreno, presidente de Ecuador, registra el mayor nivel de aceptación histórico durante los primeros 100 días de Gobierno. Esta evaluación se ubicó entre el 75% y el 84% según tres firmas encuestadoras, incluida CEDATOS que no es precisamente una fuente de devoción para el ala correísta. Estas cifras son paradójicas, por cuanto Lenín no deja de ser un gobernante sin el respaldo suficiente del partido del cual es su máximo dirigente (AP), además de haber recibido una situación económica compleja (“no hubo mesa tendida”) y su ganancia electoral deviene de un empate político, ya que asistimos a una segunda vuelta después de 10 años con victoria del 2%. A ello habría que agregar algunos elementos como que AP pasó de tener una mayoría calificada a una absoluta en la Asamblea, las fracturas en su interior son evidentes y el mandatario enfrenta los casos de corrupción más escandolosos de la historia republicana, debido a la manera delictiva como operaba la transancional Odebrecht y el uso discrecional del erario público por parte de oficiosos devotos de Correa en casi todas las áreas del Estado en la época de mayor bonanza.

Este baño de aceptación y también de credibilidad de Lenín se puede explicar desde varios criterios que actúan de manera articulada y pragmática. Primero, el cambio de estilo, es decir  el uso del discurso conciliador como un recurso efectivo caló en la mayoría de los ecuatorianos. La población demandaba de manera urgente la clausura del monopolio de la verdad, la desacreditación y la judicialización del adversario. La sociedad estaba asfixiada del juego amigo/enemigo. Segundo, la idea de Moreno de configurar una personalidad sólida se sostiene en su lucha contra la corrupción. Tercero, el giro editorial de los medios públicos ha generado simpatía, por eso personajes como Carlos Rabascal han bajado el tono y ya no se siente el tufillo correísta.

Cuarto, el hecho más contundente es haber dejado sin funciones al vicepresidente, una especie de despido intempestivo. Quinto, no hay una oposición orgánica que le dispute a Moreno el liderazgo, pues Guillermo Lasso parece desinflado y en el cielo se ven pocas estrellas disputando el solio de la fiscalización, además un buen porcentaje de políticos está pensando en las elecciones locales del 2019. Sexto, la idea desgastada del “gran ausente” en la figura de Rafael Correa se diluye, pese a su capital político, porque las denuncias de corrupción construyen otro escenario a futuro, en donde él no tiene que ser necesariamente otra vez Presidente., peor aún si Moreno llama a consulta para revisar la figura de reelección indefinida para todos los cargos de elección popular.

Lo tragicómico de combatir la corrupción es que la política en el Ecuador, aunque no de manera exclusiva, vuelve a un escenario antipolítica, en el sentido de que mientras más se escarba en las denuncias en los diferentes sectores, los que fungían de referentes se desploman. Entonces, quién se arriesga a entrar en política si no hay referentes. Apenas sobrevive un porcentaje de arribistas del oficialismo que trata de edulcorar la píldora con frases grandilocuentes y vaciadas de sentido cuando justifican lo insostenible, es decir el uso alegre de los recursos públicos y la idea del eterno retorno de Correa.

A estas causas se podría añadir otra, la construcción de que Correa es el opositor legítimo, dándole mayor proporción a tamaño despropósito, incluso dentro de las filas de AP. Sin duda, Moreno deberá trazar su propia ruta y sacar definitivamente del tablero a su antecesor. Razones no le faltan, pese a que él fue beneficiario de la revolución como enviado especial del Ecuador para las Naciones Unidas en temas de discapacidad.

Lo cierto es que un buen porcentaje de políticos quiere cazar a río revuelto. Unos, (auto) confirmándose morenistas y otros, ocupando el lugar de una masa espesa de tecnobrurócratas que viven pensando en el retorno de Correa para no perder sus privilegios. Si bien Moreno no cuenta todavía con un equipo sólido, sin embargo –poco a poco- se van desmarcando del ala dura del correísmo, pero sin saber a ciencia cierta a quienes les da el guiño: la derecha o la izquierda soñadora que inició con el proyecto de la Revolución Ciudadana.

Lo que nadie pone en tela de duda es que el correísmo representa una arquitectura institucional que impide desentrampar la corrupción  y restaurar la autonomía e independencia del Estado, es decir la Función de Transparencia y Control Social y su brazo el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCSS) que nombró al prófugo Contralor y al exfiscal que se hizo célebre con la frase: “yo si sé quién es la empresa corruptora” al referirse a Odebrecht. En fin, si Moreno quiere tomar el toro por los cuernos tendrá que desmontar el CPCCS y la figura de reelección indefinida para todos los cargos de elección popular. Parece que el camino es la consulta popular. No nos olvidemos de la criticada independencia de la Función Judicial y el intercambio de correos entre el presidente del CNJ, Gustavo Jalk y el expresidente, Correa.

… En diez años, a cuento de carreteras, puentes, aeropuertos, complejos judiciales, escuelas del mileno,  el país vivió la feria de los sobreprecios, las coimas, el autoritarismo y la era del cinismo, pues un grupo de fanáticos revolucionarios, incluso, dicen que la corrrupció0n no empaña el legado de Rafael Correa, como si la corrupción fuese un mal menor en un Estado que no logra satisfacer demandas mínimas de la población. La corrupción se llevó todo por delante. (Ver vídeo).

 

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