La revolución que nunca hubo

El impeachment a Dilma puso al descubierto los retrocesos, más que los avances, que han tenido los gobiernos que se inscribieron en el denominado giro a la izquierda en América Latina en los últimos 15 años. Hablamos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Chile, Nicaragua, Argentina y Brasil. Esto no quiere decir, por supuesto, que estos países y sus líderes hayan seguido el mismo libreto en lo político y en lo económico, sino más bien que, desde sus propias particularidades, y en un contexto de bonanza económica por la venta de materias primas e hidrocarburos, incrementaron sustancialmente la inversión social en educación, vivienda, salud, seguridad social e infraestructura. En algunos casos (Venezuela, Ecuador, Argentina y Nicaragua) hubo saltos hacia atrás en materia de derechos civiles y políticos, es decir se transgredieron las libertades de opinión, expresión, pensamiento, asociación y participación política. Al respecto surgen las siguientes preguntas: ¿hasta qué punto es legítimo poner encima a los derechos sociales y económicos de los civiles y políticos?, ¿de qué manera esto ha vulnerado a la democracia y la convivencia ciudadana? Finalmente, ¿qué se avizora al fin de los gobiernos de izquierda?

Todos estos gobiernos se caracterizaron por tener líderes fuertes y carismáticos,  pero con estilos diferentes (Chávez, Correa, Morales, Lula, Tabaré y Mujica, Bachelet, los Kirchner y Ortega), aunque en algunos momentos hayan seguido la misma estrategia. Si bien este factor jugó a su favor, sin embargo dejó en soletas a las organizaciones que los respaldaron, porque no hay nuevos cuadros con la misma fuerza. Entonces, muerto el líder, se acabó el proyecto. Los casos más palpables son Venezuela, Ecuador y Bolivia. En la mayoría de países, los presidentes fueron reelectos. Incluso, en Venezuela, Ecuador y Nicaragua se adoptó, en contra de los procedimientos legales de sus constituciones, la reelección indefinida para todos los cargos de elección popular. En este grupo hay los siguientes pelotones. Populismos radicales (Chávez, los Kirchner, Correa), los moderados y con perfiles socialdemócratas (Bachelet, Tabaré y Mujica, Lula y Dilma), nacionalistas (Morales y Ortega). Pero también se podría decir que hay más formas de segmentarlos si se revisa su política económica. Por ejemplo, nacionalistas y de crecimiento hacia dentro (Chávez, Correa, Morales y los Kirchner), aperturistas (Bachelet, Lula, Tabaré y Mujica), los de visión mixta (Ortega).

Es decir, el giro a la izquierda no fue el mismo en cada país. Primero, porque el perfil de sus líderes es diferente, pues va desde outsiders como Correa, pasando por militares golpistas como Chávez, a líderes gremiales como Morales y Lula, a exguerrilleros como Mujica, Dilma y Ortega, hasta políticos más orgánicos como  Tabaré y Bachelet. Segundo, porque las economías de los países son distintas como la rentista hidrocarburífera de Venezuela, Ecuador y Bolivia, la industrial como la de Brasil y Chile, la agroexportadora de Argentina y Uruguay. Tercero, porque los sistemas de partidos son muy propios de cada realidad como el de partido predominante de Venezuela (PSUV), Ecuador (PAIS) y Bolivia (MAS), el multipartidismo de Brasil, la convivencia de la coalición y la derecha en Chile, la tradición partidista en Uruguay y el peronismo argentino. Cuarto, en cada país el neoliberalismo se aplicó de manera distinta y, por lo tanto, la salida al descalabro de este modelo se hizo con fórmulas a la medida de sus líderes.

En países como Venezuela, Ecuador y Bolivia el rotundo respaldo popular a sus líderes configuró una democracia delegativa, donde los ciudadanos se desentendieron de las acciones de sus presidentes a cambio de la satisfacción mínima de ciertas necesidades. Esto trajo consigo la concentración de poderes, el uso discrecional de los recursos y la desacreditación a todo lo que se presenta como alternativo. Mientras hubo en estos países para satisfacer necesidades, a la mayoría de la población no le importó que se hayan afectado los derechos a opinar, expresarse,  proponer nuevas medidas políticas y económicas. La luna de miel se decantó cuando los recursos no alcanzaron para aceitar la maquinaria de Estado. Y esta situación puso en duda el papel de los líderes, pues una cosa es administrar la cosa pública en bonanza y otra en crisis. De este grupo, Morales parece que fue el más sensato, según los organismos multilaterales de crédito que miden la validez de los modelo económicos por sus cifras macro.

En Brasil, la situación no puede ser peor: crisis política en un contexto de descalabro económico. Es decir, uno de los mayores jugadores de las economías emergentes pasó a una situación de ahogamiento. Y al igual que este coloso, las cifras en Ecuador, Venezuela y Argentina revelan que la administración de los recursos en los años de bonanza no auspició a futuro un conjunto de escudos ante el descalabro de los precios de las materias primas y de los hidrocarburos. Ahora, los opositores los opositores a los gobierno de izquierda hablan del ajuste, pero nadie precisa de qué manera, cómo y cuándo, aunque en Argentina Macri apuesta por las medidas de shock. Al final de este ciclo de izquierda con sus propios matices trasluce la misma idea, qué se hizo con tanto dinero en la mejor época de bonanza que tuvo el continente latinoamericano. Por qué el juicio a Dilma pone al descubierto una red de corrupción, donde ni siquiera los promotores del juicio se escapan de esta realidad. Será, acaso, que la bonanza desvirtuó el modelo originario de algunos de los gobiernos de izquierda. A manera de contrafáctico, valdría la pena preguntarse, qué hubiera sucedido si estos líderes, como Chávez, no hubieran gozado de tanto dinero.

Al final de este cuento, que inició de manera romántica, con pomposos discursos de revolución, con líderes que se creían la reencarnación de Bolívar, nos queda un panorama desolador, porque parecería que estos modelos solo se sostienen con bonanza.

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