Las marchas contra Correa y la no propuesta

El reto de pulsear en las calles con el Gobierno es muy complejo por las siguientes causas. La reanudación de la protesta social no supone que la gente que está en las plazas y en las calles tenga ya un candidato que enfrente al correísmo en las próximas elecciones, peor aún que los líderes de la oposición que las convocan estén refrendados por el pueblo. Además, la protesta es el mejor escenario para mezclar todo tipo de demandas, sin que unas estén por encima de otras. En la misma protesta se puede provocar una pugna estéril de liderazgo.

Un segundo aspecto a considerar es que los opositores enfrentan al aparato del Estado y eso les pone en desventaja, no solo por la concentración del poder, sino también porque la burocracia es confundida por este Gobierno como militancia. Ahora se movilizan (quieran o no quieran) los funcionarios, empleados y trabajadores públicos con sus familiares, bajo el cuento de que el Estado es el partido y el partido es la familia.

Pese a estas dificultades, sin embargo no queda duda de algo. Es evidente el hartazgo en la población que se viene acumulando desde las elecciones locales del 2014 y que fue interrumpido con la venida del Papa, debido al efecto hipnótico de sus palabras en una sociedad conservadora y fiel a los dictados de la Iglesia. Y aunque el efecto hipnótico y aletargador duró un buen tiempo, la gente se ha vuelto a manifestar, pero todavía no es predecible la intensidad de la protesta a futuro.

En este contexto, hay un segmento de la población muy importante que atraviesa una fatiga cívica y prefiere no salir a las calles, porque se cansó de la confrontación y, más bien, espera propuestas ante la crisis. Puede que este segmento se sume a las marchas si un líder o un colectivo protesta, pero también propone. Parecería que las necesidades del día a día se imponen a las marchas en este segmento.

Desde el otro lado, el Gobierno perdió la capacidad de reinventarse y replica la misma estrategia: descalifica, insulta, minimiza y se burla. Esta estrategia evidencia dos cosas: a) que mientras el líder esté en el poder, sus acólitos se sienten seguros y apuestan al ciento por ciento en las dotes mesiánicas, b) que cuando salga el líder, todo se viene para abajo en PAIS porque no han encontrado ese sucesor o sucesora.

El Gobierno apuesta por más de lo mismo, porque cree que la misma medicina surte efecto para distintos males, sin embargo los males y los contextos son diferentes. Es decir, la realidad rebasó con creces el efecto propaganda y la crisis económica está ahí: el desempleo. Sin embargo, quieren persuadirnos y hacernos creer que todo está bien, y por ello cantan, bailan, se menean. Lo obvio: los ánimos de fiesta en Carondelet no son iguales a la situación de quienes no cuentan con empleo, porque lo perdieron, salieron de las universidades sin ofertas o  simplemente redujeron el tamaño de las empresas.

Lo urgente: diseñar la propuesta económica, no vaya a ser que la resaca nos deje en un estado de ceguera…

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