Populismo del siglo XXI

No es nada extraño que en nuestros países andinos el candidato que más sonríe, que más ofende, que más promete, que canta, baila y come en los mercados populares, que recita, que lo sabe todo, que se cree enviado por Dios para cumplir una misión ineludible en la tierra, que ataca a las instituciones, que adecua su discurso para las diferentes audiencias, que reta a puñetazos a sus contrincantes…. gane las elecciones e, incluso, que se mantenga en el poder, porque antes y después de él, eso dice el candidato, no había nada… nada de nada. Pero este fenómeno de la política no es nuevo en nuestros pueblos, es tan actual como cuando Juan Domingo Perón deslumbró en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Velasco Ibarra, Carlos Guevara Moreno, Asaad y Abdalá Bucaram en Ecuador, Hugo Chávez en Bolivia…

Los populismos están a la orden del día y tienen la capacidad de reinventarse, porque están en el ADN de los pueblos que no pudieron construir instituciones fuertes, en donde la personalización de la política está sobre la ley, en donde ganar las elecciones es más importante que las nuevas generaciones, en donde la ideología dejó de interesar porque las necesidades para subsistir de la población se debaten entre la escasez y la miseria, en donde los partidos políticos se convirtieron en clubes de amigos carentes de toda vinculación social, en donde la gente vota por el líder carismático antes que por un conjunto de propuestas…

Ahora bien, el uso de la palabra populismo es complejo, debido a que la opinión pública le atiborró de adjetivos para calificar el comportamiento, la gestión y el proselitismo de cualquier político. Así, el populismo terminó convirtiéndose en un adjetivo, cuando en realidad es un sustantivo que tiene elementos que lo conforman y que explican de alguna manera cuál es el estado de salud de la democracia. Por ello, no se puede calificar de populista a un partido, movimiento o político solamente por desacreditarlo. Es necesario precisar que el populismo no es un fenómeno nuevo, pero tiene la capacidad de adaptación a contextos nuevos y se viste con la piel de un camaleón.

El populismo surge en momentos de crisis política cuando las instituciones de la democracia no responden a las demandas de la población, es decir incumplen con las competencias que les fueron asignadas. Esto contribuye para que la gente entre en un estado de fatiga cívica y se sienta invadida por un profundo sentido de incredulidad y desapego por las instituciones y también por los actores políticos. En este contexto, lo presente y, sobre todo, lo pasado son sinónimos de desgracia, por eso la antipolítica es la antesala del populismo. Cuando me refiero a crisis hablo del declive de los partidos políticos, las pugnas entre Ejecutivo y Legislativo, la partidización de la justicia o judicialización de la política, la corrupción, la falta de independencia de los poderes.

En estos escenarios emerge el líder carismático que hace las veces de Mesías. Ofrece refundar la patria, reivindicar a los pobres, castigar a los políticos, crear nuevas instituciones y desterrar a las viejas, atacar -y de ser posible- fulminar a los partidos, introducir un discurso de polarización entre buenos y malos, saltar las intermediaciones institucionales y relacionarse con el pueblo cara a cara, todo ello en un contexto de omnipresencia gracias al uso que hace de los medios masivos de comunicación y las tecnologías digitales. El populismo es camaleónico, porque carece de ideología. ¿Acaso estos síntomas no suceden reiteradamente en nuestros países andinos?

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