Después del paro

Después del paro

El paro de los trabajadores junto con la marcha de los indígenas nos deja algunas lecciones. Primero, hay una recomposición de los movimientos sociales, aunque sus acciones todavía no tengan la efervescencia y fuerza de los 90 e inicios del 2000. Sin embargo, su poder de convocatoria no está en tela de duda, pese a la minimización que intenta el oficialismo con su estrategia mediática ya desgastada. Segundo, el paro hubiera ganado en intensidad si hubiera apoyado el empresariado, pero vemos que un gran segmento de este sector está con el Gobierno, pese a que diga lo contrario en los medios. Respecto de lo último, no podemos olvidar que el sector de la construcción, la infraestructura y del mundo inmobiliario se ha beneficiado de la bonanza petrolera y ha sido el que más creció durante estos ocho años, sin perder de vista los importadores de productos de consumo suntuario y de línea blanca. Por tanto, el paro tenía antes de su realización un dilema de integración nacional. También hay una clase media que se debate entre conservar su trabajo en la burocracia y vociferar su descontento para sus adentros.

Tercero, el paro tuvo mayor contundencia y localización en provincias de la sierra, no así en la costa, salvo manifestaciones de rechazo al Gobierno en Guayaquil de los principales opositores. La estrategia del diálogo planteada por el Gobierno logró fragmentar a algunos sectores descontentos. El baratillo de ofertas al mejor estilo del populismo, disfrazado en una edulcorada planificación de diálogo funcionó relativamente. Por otra parte, mucha información como la resistencia de Ambato se logró conocer por las redes sociales y no a través de los medios públicos y privados. La realidad de lo local no necesariamente coincide con Quito, Guayaquil y Cuenca. Cuarto, el Gobierno ha recurrido a la misma estrategia, las contramarchas con el nombre de vigilias (con farra incluida), a riesgo de lo que pueda suceder.

Quinto, muchos de los oficialistas, otrora lanza piedras, defensores de los derechos humanos, marchantes contra los Gobiernos de Bucaram, Mahuad y Lucio, ahora son moralistas y niegan toda posibilidad de expresión popular, incluso son perfectos conversos a la cultura de paz y la mediación, además de especialistas en monólogos. Es decir, delatan el contrasentido de la revolución ciudadana y, sobre todo, desbaratan el Plan que redactaron antes de ser Gobierno. Pese al desgaste en el uso de la misma estrategia de polarización, sin embargo el oficialismo sigue apostando por el monopolio de la verdad.

Sexto, no hay una fuerza política, llámese partido o movimiento político, que canalice el descontento social. No obstante, el contexto dio a luz a nuevos héroes de la calle, desde el dirigente de la Ecuarunari y su pareja, hasta el intento de recomposición de las imágenes de los líderes de los trabajadores. En este contexto, muchas agrupaciones han optado por la estrategia del avestruz, mientras que otras no logran sintonizar con el pueblo, porque fueron responsables de lo que sucede. La fragmentación de fuerzas le da aliento al Gobierno, pero no una victoria, pues el descontento no está solo en las personas que apoyan en las marchas, sino también en aquellas que miran lo que sucede desde la televisión.

 

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