Gobierno sin estrategia

Cambiar el guión

Nadie pone en tela de duda que la estrategia proselitista que utilizó Alianza PAIS para impugnar y devastar a las instituciones del sistema político fue exitosa en un primer momento, debido al declive de los partidos políticos (“partidocracia”), al hartazgo acumulado hacia las instituciones del Estado, a la impaciencia del pueblo por el cambio, a la incredulidad en los políticos evidenciada en el grito ciudadano “que se vayan todos”, a los coletazos de la crisis financiera. En ese momento, la figura del “Mesías Salvador” cayó como anillo al dedo, de ahí el éxito que tuvo la refundación de la patria mediante la Asamblea Constituyente, pese a los procedimientos antidemocráticos con los cuales se llegó a ese hito: destitución de diputados, garroteros tomándose los poderes del Estado, mientras otros legisladores se escondían con “manteles” en un hotel para dar paso a la jugada maestra de la revolución ciudadana.

La gente pedía un cambio y el cambio llegó de manera rápida, intensa y demoledora, envuelto en un manto propagandístico nunca antes visto. El mensaje político penetraba con facilidad y seducción en todo el territorio y en todos los segmentos de la población. La mayoría creía en el joven líder, en el joven que conquistó en la campaña con sus sonrisas y ataque a la “partidocracia”. Las promesas de campaña se hicieron realidad y la mayoría de la población refrendó en las urnas lo actuado por el oficialismo. El Presidente se convirtió en candidato de todas las elecciones e imbatible se proclamó el líder eterno superando la figura de Alfaro (según sus fans), en un contexto de alta popularidad, aceptación y credibilidad, además que era favorecido por la bonanza petrolera más importante del país en toda su historia, la venta de materias primas y una importante estrategia para mejorar (incrementar) el porcentaje de utilidades que el Estado debía recibir por las actividades petroleras.

Sin embargo, lo que un día fue una estrategia exitosa, ahora es una estrategia aparatosa, pues la concentración del poder se volvió contraria a los valores de la democracia y secuestró los planteamientos originarios de Alianza PAIS, al punto que sus principales ideólogos son ahora detractores, pero con malos réditos políticos. El exceso de confianza del oficialismo mató su estrategia política. Creyeron que el resultado de las urnas borraría de la mente de la población el escalonamiento de autoritarismo, la discrecionalidad en el manejo del poder, la concentración de poderes, la escasa autonomía de las funciones judicial y legislativa, el arribismo de un importante segmento de funcionarios públicos, la descalificación del pensamiento diverso, el ataque contra las libertades.

La estrategia fracasó, porque si bien nadie desconoce la inversión ejecutada en ochos años en obras civiles, educación y salud, tampoco nadie desconoce que a cuenta de las “obras” se ha disminuido en libertades como las civiles y las políticas. El relato político que se cuece en la cotidianidad se construye desde lo que todos saben porque alguien les dijo, porque leyeron en las redes sociales, porque hay secretos a voces. En este contexto, un buen porcentaje de empleados públicos miran absortos como el Gobierno confunde lo que es un partido político con el Estado, tratando de que los burócratas sean militantes a la fuerza de Alianza PAIS, no sean “malagradecidos” por los salarios que reciben.

La excesiva confianza en el triunfo electoral se vio agotada en las elecciones para alcaldes y prefectos. Ese fue el punto de inflexión para reconocer que las ciudades con mayor concentración electoral dijeron que no. El tablero político cambió y la necesidad de refrescar la política es más latente que en los ocho años de Gobierno. La gente, a falta de instituciones que respalden sus demandas, se volcó a las calles, sobre la base de conjuntar el descontento y la búsqueda de una nueva opción política. Sin embargo, la fortaleza de la movilización se diluye cuando no hay un liderazgo que canalice el descontento y abra una nueva alternativa.

Sin embargo, el Gobierno no puede construir un dique efectivo para contrarrestar las protestas y tampoco le funciona la idea de dialogar porque sigue el mismo libreto, es decir la estrategia de suma cero: están conmigo o están contra mí. A ello habría que añadir que al no tener un recambio de liderazgo en las filas oficialistas, la idea de pasar la enmienda por el Congreso que permita la reelección indefinida para todos los cargos de elección popular cobra fuerza, pero sin que PAIS considere con seriedad que más del 80% de la población quiere ir a las urnas y decidir si “Correa” podría seguir siendo electo.

Ir en contra de la voluntad popular puede provocar un cisma muy fuerte para el oficialismo. Este comportamiento del Gobierno de ir contra marea puede propiciar varios escenarios: que se recompongan las viejas fuerzas políticas de la derecha y que surjan outsiders que fragmenten más la opinión pública. ¿Quién gana? Difícil respuesta en un escenario que demuestra una caída en la aceptación del Presidente, pero también un vacío de liderazgo que pueda antagonizar con él.

El Gobierno tiene todavía tiempo para cambiar de estrategia o pasar a la historia con un final tan desgastado como el de los gobiernos que le antecedieron, pese a la cantidad de obras civiles realizadas. No se puede perder de vista la variable económica que podría ahogar toda buena estrategia de cambio en lo político. Y todo el rechazo ciudadano que provocan las contramarchas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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