Polarización política

Es un derecho que cualquier ciudadano manifieste abiertamente su preferencia política, por tanto no es un privilegio ni tampoco es algo que los ciudadanos hayamos ganado de la nada. El derecho a escoger políticamente algo o alguien es el resultado de varias luchas históricas en las que pueblos enteros se jugaron la vida por la libertad. Por ello, va en contra de ese derecho cualquier tipo de descalificación y, peor aún, denigración hacia las voces que no están a favor del Gobierno. Por tanto, es un contrasentido hablar de revolución cuando se legitima solo una sola voz, una versión de las cosas, una propuesta político-económica. Y aún es más contrasentido, viviendo en un país reconocido como pluricultural, multiétnico y también plurinacional.

También es un derecho salir a las calles a protestar y también es un derecho en nuestro país acogerse a la resistencia, pero va en contra de ese derecho, la provocación; es decir las contramarchas, situación que es inimaginable en países que han consolidado la democracia como Uruguay y Costa Rica, para citar casos latinoamericanos. O también Colombia, Perú, Chile, Argentina o Brasil. Por cierto, salir a protestar no justifica ningún intento de golpe de Estado o desestabilización, pues eso va en contra de la democracia, pero sí es saludable que el pueblo le haga conocer a sus representantes qué piensan y como evalúan sus políticas.

Dentro de este escenario de polarización juegan varios actores: los burócratas que están en desacuerdo pero tienen que callar sus opiniones para resguardar su empleo (contrato de servicios ocasionales), los militantes que ocupan alguna función pública y están convencidos del proceso, los que algún día fueron militantes del Gobierno y ahora son sus mayores detractores, los que no tienen adscripción alguna ni a favor ni en contra pero piden rectificaciones, los medios públicos (gobiernistas), los medios privados, los abiertamente opositores, las cámaras de empresarios y los diferentes movimientos sociales. No podemos perder de vista los autodenominados intelectuales conversos al correísmo y que también ocupan cargos públicos y los críticos que siempre han guardado una postura reflexiva y para nada complaciente, pero que ahora son atacados como si fuesen anticorreístas. Pero eso es la democracia si no lo sabía el Gobierno, pues la convivencia de diversas posturas es una característica de cualquier democracia, pues a diferencia de otro tipo de régimen, en democracia se gobierna de la misma manera para las mayorías y las minorías en materia de derechos y garantías, además estas tienen los mismos deberes.

Finalmente, una sola decisión errada puede restar toda la aceptación y credibilidad a cualquier Gobierno, pero también una política puede ser el empujón para que estalle un descontento contenido desde hace algún tiempo. Por eso, supongo que la Ley de las Herencias desató un descontento acumulado hacia una forma de gobernar que toca las teclas de la sensibilidad de varios sectores de la población y que no, necesariamente, están vinculados con la derecha o ese cuento de la restauración conservadora. Sin duda, la estrategia de la polarización, de poner a la población en el lado de los buenos y malos, es peligrosa, más aún cuando el país ha sido históricamente fraterno. El Gobierno ha hecho cosas grandes, pero más grande sería construir puentes de diálogo.

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