Más demócratas

El problema no es la democracia, como algunos sectores dicen, sino la formación de los ciudadanos y, sobre todo, de los políticos en auténticos demócratas. Significa un reto enorme en la cultura cívica, en el sentido de valorar y vivir a plenitud las libertades de opinión, prensa, expresión, asociación y participación, además de apreciar y consolidar la independencia de las funciones del Estado en una lógica de pesos y contrapesos, desde los controles mutuos y la actuación autónoma de las instituciones. En democracia, el principio de igualdad política es vital. Nadie está por sobre la ley ni nadie confecciona leyes a su medida.

La formación en democracia significa considerar y reforzar la ciudadanía como el mejor vínculo posible de desarrollo, sobre la base del respeto y la tolerancia entre distintos y diferentes. Por lo tanto, una verdadera democracia es aprender a vivir en pluralidad de actores, ideas e ideologías. No puede haber democracia si la participación de la población es mínima y casi inexistente. Eso no significa que la participación es únicamente mecanismos de democracia directa por medio de referendos y plebiscitos, sino el involucramiento en actos de rendición de cuentas, veedurías y aportes en proyectos.

Un reto de la democracia es que los actores comprendan la importancia de la alternabilidad, en la media que eso impide la exacerbada personalización de la política, los caudillismos, el arreglo trasnochado entre gallos y medias noches entre operadores que buscan su propio beneficio. La alternabilidad debe producirse en las organizaciones sociales y, sobre todo, en los partidos, pues así se da paso a la reproducción programada de liderazgos en el marco de proyectos que tengan una brújula que sobrepasa el objetivo de cualquier mesías. La democracia interna en los partidos fortalece la cultura cívica.

No se trata de cambiar la democracia, sí de aprender a comportarnos como demócratas y exigir lo propio a quienes tienen sobre sus espaldas la representación del pueblo mediante elecciones o, incluso, porque hubiesen llegado al poder por designación. Más democracia, solo con democracia.

Este editorial fue publicado en diario La Hora, el domingo 17 de junio de 2018

 

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Sociedad de la impavidez

La evidencia más cercana de que la participación se ha fagocitado, es decir que atraviesa por la neutralización e inmovilidad, se expresa cuando las acciones que puede hacer cualquier persona en beneficio de otra son antepuestas por la filmación de vídeos o la captura de fotografías, aun cuando se estén cometiendo los más execrables delitos. Para muestra un botón: el asesinato del taxista en la ciudad de Ambato por parte de un delincuente, que operó a plena luz del día y que tuvo una tribuna de testigos que luego inmortalizaron cada uno de sus movimientos desde celulares, para que luego las morbosas imágenes sean viralizadas como prueba flagrante del crimen, magnifica la indolencia. El vídeo circuló en las redes sociales provocando el pánico, pero también la impotencia de que no se hizo nada.

Por ello, en una sociedad en donde las guerras entre los pueblos se transmiten en tiempo real como si fueran videojuegos, todo puede suceder. En las tres últimas décadas, la tecnología no solo que ha irrumpido en todas las actividades de la vida cotidiana para que en algunos casos se simplifiquen etapas, procesos y reduzcan costos, sino para que también nos individualicemos aún más, al punto de provocar reuniones entre amigos por medio de videoconferencias antes que deleitarnos de la presencia entre pares como prueba ineludible de nuestra humanidad. Parecería que la tecnología nos ha puesto frente al espejo, pues refleja nuestras debilidades, temores y altas dosis de horror hasta cuando no nos toque experimentar alguna desgracia.

Parece que cada vez resulta lejana la fabulosa idea de la tribu, es decir de aquello que nos permite sentirnos parte de un grupo, porque dentro de éste tenemos la certeza de que con cada uno de los miembros se actualiza, de manera permanente, poderosos lazos de identidad y pertenencia que, a su vez, nos garantizan seguridad, respeto por los más ancianos, las mujeres y los niños, confianza y la construcción de la memoria colectiva. Aquella idea de ser felices en la aldea, ahora es ridiculizada porque cada cual quiere hacer su vida al extremo de la impavidez y la justificación de cuidar nuestro metro cuadrado.

Las imágenes de la muerte del taxista alimentarán el registro audiovisual de las redes, de ese espacio que es de todos y, por lo tanto, que tampoco es de nadie. Las emociones, los comentarios, las protestas de los cibernautas sobre este crimen, así como de otros, quedarán ahí, en la esfera de lo virtual desde la cual no se resuelven muchas de las cosas que suceden por fuera de las pantallas del cine, de los smarthphones, de las tabletas. Esto no supone, por cierto, caer en la trampa de una mirada apocalíptica del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pero sí obtener una radiografía en múltiples dimensiones en pos de examinar en qué momento de la sociedad vivimos y qué nos ha provocado la inacción de cara a situaciones que ponen a prueba la misma humanidad.

Coctel explosivo (narcoestado)

Colombia lo sabe, pero el caso de México cabe mejor cuando se analizan las consecuencias del narcoestado. Esta palabra, que por sí misma es explosiva, es la conjunción y articulación de un sinnúmero de acciones que lleva a cabo el crimen organizado en la búsqueda de sus objetivos: incrementar exponencialmente sus ganancias mediante actividades ilícitas y, simultáneamente, fortalecer y ampliar su red de dominio con el control de las instituciones del Estado, las cuales deberían, en estricto sentido, garantizar los valores de la democracia, la seguridad, la defensa y los derechos humanos.

La configuración de un Estado que fue tomado por el narcotráfico no se explica con una fórmula, ni tampoco es el resultado de un recetario, más bien se comprende por las características institucionales de cada país, es decir, de su fortaleza o permeabilidad ante este fenómeno. En este sentido, cualquier democracia débil, en la medida que no haya logrado la consolidación de un sistema de justicia independiente, autónomo, oportuno, incluyente y de universal acceso, y que además, se debate entre la impunidad y el patrimonialismo, es presa fácil de grupos que actúan por fuera de la ley e imponen sus propias formas de procesar conflictos a su favor.

Un elemento que puede apoyar la explicación del narcoestado es el control y la cooptación de las fuerzas del orden que garantizan la seguridad interna y externa por parte de las agrupaciones delictivas, es decir, la ciudadanía pasa a un contexto de indefensión cuando la confianza en quienes deben resguardar sus vidas se diluyó o cuando es un secreto a voces que las redes del crimen organizado están integradas por policías y miembros de las Fuerzas Armadas. En México, la credibilidad en la Policía es escasa, además de ser insuficiente en cobertura y eficiencia.

Otro fenómeno que da paso al narcoestado es la corrupción y, más aún, si en sus distintas prácticas logra naturalizar la compra de conciencias, el cohecho, el tráfico de influencias, el peculado. Aquí surte efecto la máxima de que en donde todo se puede comprar, los ciudadanos honrados se convierten en especies en extinción y están constantemente acechados por quienes son eslabones de grandes redes, en donde pueden estar involucrados hasta quienes ocupan las posiciones más estelares de la política.

El momento de mayor clímax del narcoestado es cuando corre con candidatos propios para las elecciones o también cuando tiene representantes por designación, quienes maniobran a su favor desde la justicia, la legislatura y el rector electoral. En las campañas, el narcoestado abre sus tentáculos e introduce el dinero ilícito junto con prácticas descomunales de clientelismo y hasta intenta modelar la opinión pública con encuestas sin veracidad. Esto que ha sido señalado debe analizarse con mucha preocupación, precisión y cautela, pues solo uno de estos elementos podría dinamitar en mil pedazos las instituciones y poner en riesgo la democracia, sobre todo a uno de sus mayores valores como es la confianza. México y Colombia son los ejemplos de lo que se puede evitar. (O)

Publicado el jueves 3 de mayo de 2018 en diario El Universo (Ecuador)

Narcoestado

Intelectualidad cómplice

Un sector autodenominado como los intelectuales de la exrevolución ciudadana (en Ecuador) sigue exponiendo con furia y ensimismamiento apoyo total y ciego a la década correísta, porque en su momento creyeron que les llegó su turno en el ejercicio del poder desde diversos espacios. Es decir, la imposición de sus ideas de “izquierda progre y socialista”. Además de poner en marcha un conjunto de experimentos nunca antes probados ni tampoco exitosos: un modelo de economía heterodoxa, el neoconstitucionalismo criollo, las piruetas ideológicas del buen vivir y la felicidad por decreto. En otras palabras, se sumergieron en juegos pirotécnicos respaldados por un monumental aparato de propaganda.

Entre esos intelectuales están quienes defendieron los derechos humanos antes del correísmo y luego justificaron la judicialización de la protesta social y la persecución a líderes, dirigentes sindicales, indígenas y periodistas. También están los tibios o aquellos quienes criticaban la exrevolución correísta, pero les encantaba ir a los cocteles, codearse con las autoridades y ofrecerles una que otra asesoría o consultoría. Imposible olvidar a quienes introdujeron la verborrea en discursos sobre la “dictadura del amor”, del buen vivir, del 30-S y “el día que se recuperó la democracia”.

Esos intelectuales, profesores de universidades, escritores, cantantes y artistas, repetían que el “Presidente es el Jefe de todas las funciones del Estado”, que “la comunicación es un servicio público”, los “golpes blandos”, “la prensa corrugta, así con g”. Varios “intelectuales” de la exrevolución se quisieron tomar las universidades por asalto como la Andina o estrangular económicamente a la Flacso También se hicieron los locos cuando llegaron las recomendaciones de las Naciones Unidas al Estado, debido a las transgresiones de los derechos civiles, políticos y humanos. Otros prefirieron “mediatizarse” como académicos sin contar con un récord de publicaciones reconocido o participación internacional con pares, más bien reiteraron sus nostálgicos discursos de los años setenta y ochenta. El arribismo intelectual no faltó por su afán de ascenso y la imitación exacerbada del “gran jefe”. (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/punto/1/intelectualidad-complice

Si va a hacer uso de la misma, por favor, cite nuestra fuente y coloque un enlace hacia la nota original. www.eltelegrafo.com.ec

Está publicado originalmente en diario El Telégrafo, el 22 de abril de 2018

En:

Intelectualidad cómplice

#NosFaltan3

El presidente, Lenín Moreno, tuvo que reconocer un secreto a voces: la seguridad atraviesa por un estado de indefensión. Basta recordar algunos vergonzantes hechos como los helicópteros DRUV que se cayeron, los radares inoperativos y el obsoleto equipamiento de las Fuerzas Armadas, sin perder de vista el intento permanente de los revolucionarios por fracturar las relaciones entre oficiales y voluntarios, además de haber desviado las tareas de Inteligencia en la pesquisa contra la oposición y periodistas, cuando la Inteligencia debe alertar los riesgos del crimen organizado.

Ante el secuestro de tres periodistas en la frontera norte, Lenín tuvo que decirlo en otras palabras: una década de ideologización de la seguridad al calor de cantos estridentes en homenaje al Che Guevara mientras la zona de frontera era presa fácil de quienes no aceptaron ni tampoco se adscribieron al proceso de desmovilización de las FARC-EP. El Presidente, en palabras más y palabras menos, dio crédito a las advertencias que los expertos en seguridad habían manifestado desde que se inició el proceso de diálogo y paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y los líderes de la guerrilla. Ecuador iba a ser afectado, no solo por la desmovilización de los grupos subversivos, sino también por la escasa presencia del Estado ecuatoriano y colombiano en los dos lados de la frontera.

Es necesario recordar que por el ministerio de Defensa han pasado un sinnúmero de funcionarios sin experiencia. La revolución ciudadana acomodó a sus amigos en estos cargos de enorme responsabilidad sin haber dimensionado los efectos propios de un mundo demandante de respuestas al crimen organizado, a las guerras de cuarta generación, a las dinámicas fronterizas en territorios completamente pauperizados. Pese que acá no se logró imponer en el Ejército el grito de “patria o muerte, qué viva el socialismo del Siglo XXI” como en Venezuela, sin embargo las Fuerzas Armadas tuvieron una relación agria, inconforme y distante con el Gobierno.

Las recetas están a la orden del día, pero la más sensata es que el Presidente seleccione a personas expertas en Seguridad, Defensa y Relaciones Exteriores en los ministerios y que redimensione el papel del periodismo en la calidad de la democracia.

 

#HartazgoPorLaPolitica

La antipolítica manifiesta el hartazgo ciudadano de diversas maneras e intensidades. Es una mezcla de descontento y frustración hacia un sistema institucional que no satisface demandas mínimas, pero además carece de representación porque quienes están al frente como autoridades han perdido credibilidad y su legitimidad de origen ha sido cuestionada. ¿Cómo llegamos hasta este punto? De manera sistemática y permanente, en el sentido de que durante 10 años la mayoría de la población en las urnas giró un cheque en blanco a un modelo mesiánico de corte autoritario, que puso en lo más alto de la política la personalización exacerbada del líder como redentor de la patria y única alternativa.

Este modelo no es nuevo en el Ecuador, pues la historia determina en diversos periodos que la figura del caudillo y, en algunos casos, la del populista es recurrente. Por eso se habla del floreanismo, garcianismo, alfarismo, velasquismo y ahora del correísmo. ¿Esto qué significa en términos de cultura política? Que, indistintamente de la preferencia por un partido y muy rara vez de una ideología, prevalece como opción electoral un conjunto de características de las personas que luchan por el ejercicio del poder y aquello determina los resultados en las urnas y, por lo tanto, el modelo político. Una vez más, el entrampamiento de los efectos de este tipo de decisiones ha puesto al Ecuador en jaque mate.

La salida a este modelo no es sencilla, pues no basta con la indignación ciudadana y el rechazo generalizado hacia los políticos, quienes están en ejercicio activo u operando tras los micrófonos. Tampoco basta con decir que se vayan todos o, peor aún, cruzar los brazos con la esperanza de que el Ejecutivo desarticule una red que operó y sigue operando políticamente desde hace 10 años. Y aunque no se puede aplicar remedios caseros para la antipolítica, sin embargo el papel activo y efectivo de la ciudadanía será clave para exigir rendición de cuentas, cerrar el paso a quienes no cumplen con los requisitos para un cargo público y reinstaurar el sentido de representación para no quejarnos de quienes actúan en la Asamblea, el sector justicia e, incluso, algunos funcionarios del Ejecutivo.

La antipolítica puede presentar dos alternativas. O bien dinamita el sistema político en miles de fragmentos muy incómodos para juntar o abre los ojos a los ciudadanos y así apertura un sentido amplio de conciencia nacional, en donde cada uno se haga cargo de lo que corresponde para adecentar el sistema político. La tarea no es sencilla, por cuanto saltan diariamente casos de corrupción de varios sectores con el riesgo de que el país se hunda.

En este escenario se requiere salir de la zona de confort y dejar de mirar la realidad como un culebrón de telenovela que puede diluir la indignación ciudadana y convertir estos hechos en piezas de entretenimiento con altas dosis de morbo. Cuando la corrupción se mira como un elemento del sistema institucional, la política se desvaloriza en toda magnitud.

Publicado en El Universo:

HartazgoPolitico

 

La democracia

La democracia

La democracia no es un concepto ideal, no es tampoco una utopía, es un tipo de régimen político con diversas modalidades en sus sistemas de gobierno como el parlamentario, presidencialista o tipos mixtos. Pero, además, la democracia por sí misma no surte efectos, pues depende de la cultura política de los ciudadanos para que tenga el valor y la dimensión que le posicionan como el mejor tipo de régimen. Es decir, la democracia es posible cuando los ciudadanos comprenden y fomentan la independencia entre las funciones del Estado, cuando hay una acción participativa activa y efectiva, cuando se cumplen los deberes y se exigen los derechos, cuando hay igualdad política en la medida que donde termina el derecho de una persona inicia el de otra.

Los beneficios de vivir en democracia son muchos e incuantificables como la posibilidad de solucionar los conflictos con el uso de mecanismos pacíficos, el derecho de exigir de manera permanente rendiciones de cuentas a las autoridades, el acto de elegir y ser electos periódicamente de forma universal, secreta y directa. La democracia también nos permite expresarnos en libertad y acceder a información de carácter público sin restricciones. Democracia también significa involucrarnos en procesos de diseño de política pública en distintos momentos y modalidades. Por todo ello, la democracia le pone límites al poder.

La democracia se robustece cuando las instituciones perviven en el tiempo y las reglas del juego son asumidas, respetadas y valoradas por los ciudadanos. No hay una democracia saludable que haya resistido al cambio permanente de reglas del juego y, peor aún, a liderazgos de corte autoritario y totalitario. La democracia nunca aceptará que alguien diga “el Estado soy yo” o aberraciones como que un mandatario diga que es “jefe del Estado y por lo tanto de todas las funciones”. Quienes apoyan este tipo de declaraciones, seguramente no entienden qué es la democracia.

La democracia no estatiza la participación política de los ciudadanos, más bien deja que esta surja desde la voluntad cívica y el legítimo afán de contribuir al Estado. Entonces, a participar.

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La democracia