#EleccionesEcuador #VotoHiperlocalizado

No hay una tendencia ideológica que se haya impuesto en las elecciones, más bien se demostró que sí es posible en Ecuador mixturar el agua y el aceite. Para las alcaldías y prefecturas, la victoria en la mayoría de ciudades y provincias se explica por las alianzas entre partidos locales, nacionales y movimientos. Resultaría equivocado proyectar resultados al 2021 y adelantar candidaturas ganadoras para las presidenciales. No hay tendencias locales, regionales ni nacionales, entonces “el todo no es la suma de las partes”.

Para muestra algunos botones. Los resultados de Azuay determinan para el caso de Cuenca que la mayoría le dijo no al continuismo de los últimos 15 años, como Paúl Carrasco y Marcelo Cabrera; optaron por un outsider, Pedro Palacios, y  por otra figura pública como Jefferson Pérez. En la provincia, la votación favoreció a Yaku Pérez como espaldarazo por su lucha por los derechos de la naturaleza y su papel antagónico en el anterior gobierno. Esta realidad dista de Guayas y su capital Guayaquil, donde la población debía refrendar o cambiar el modelo socialcristiano. En Pichincha y Quito, el panorama es más distinto, dos de cada diez optaron por un candidato popular y pragmático, lejano de la construcción elitista de la política; para el espacio provincial se optó por el correísmo. Estos escenarios son propios de cada provincia.

La urgencia de nuevos liderazgos locales como Javier Altamirano en Ambato y otros que se reiteran como Lucía Sosa en Esmeraldas. Las votaciones expresan las expectativas temáticas y localizadas y no son demandas nacionales, aunque haya temas transversales como lucha anticorrupción, desempleo, inseguridad, cuidado de la naturaleza y derechos humanos. Las fuerzas políticas tradicionales y las que protagonizaron cierta presencia en la última década tienen rendimientos diferentes. La Izquierda Democrática no sale del atolladero, el PSC sigue hiperlocalizado en Guayas y el correísmo intentó sobrevivir con resultados alentadores en Pichincha y Manabí, pero no en todo el Ecuador. Hay un resurgir de Pachakutik. La gran cantidad de alcaldías y prefecturas ganadoras con menos del 30% de votos válidos tiene un reto para procurar gobernabilidad y ganar legitimidad. Lo primero requiere grandes márgenes de negociación, acuerdos y compromisos con las demás fuerzas políticas, y lo segundo implica la capacidad de ampliar el capital político desde una eficiente administración con presupuestos, por lo general, exiguos, y que demandan creatividad, innovación y atracción de inversores privados. Pese a que las alianzas se impusieron como una estrategia triunfadora, no significa que la gente haya votado por las propuestas, sino por candidatos en una dinámica. (I)  

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/punto/1/voto-hiper-localizado?fbclid=IwAR0nUsJpHG8XHbGtMMFjplsFS46zcP8gAjqJy5WDv1vFG4PaRGI9XvaVDeI
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Apatía electoral

La apatía y la fatiga cívica son consecuencias de un proceso sistemático de fragilidad institucional que se agudizó con la revolución ciudadana, debido al modelo hiperpresidencialista que establece la Constitución de Montecristi, la estrategia populista de Rafael Correa y el sistema de partido predominante, sin perder de vista que el Ejecutivo tenía el control de las demás funciones del Estado que impedía transparencia y una lucha abierta contra la corrupción y la impunidad. El ambiente de polarización creado por el anterior Gobierno desgastó los ánimos de la ciudadanía. Después de la bronca diaria generada por el expresidente con sus enemigos reales y enemigos creados, ni siquiera alcanza con un ambiente de paz. La recomposición del tejido social es una tarea pendiente y de largo plazo.

Eso explica los altos porcentajes de indecisión para la elección de autoridades locales, así como para los candidatos para el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. Pasamos de un ambiente de polarización política (buenos contra malos) a otro de multipartidismo fragmentado. Para muestra un botón, en Quito hay 18 candidaturas que se disputan la Alcaldía y las encuestas, que son una radiografía del momento, determinan que los más opcionados llegarían con poca legitimidad, si así se mantuvieran las tendencias.

La actividad política pasa por uno de los peores momentos. La resaca del populismo es costosa y no se resuelve de un momento a otro. La búsqueda y el encuentro de los matices entre los extremos demanda voluntad, pero también compromiso. Uno de los retos es que el Ecuador deje los últimos lugares de participación en la región. Eso significa que hay que fomentar mecanismos para que la población se involucre en la deliberación pública, en las organizaciones sociales, en asambleas ciudadanas y en el diseño, gestión y evaluación de las políticas.

La verdadera encuesta será el 24 de marzo para la elección de las autoridades, pero eso no significa que el acto obligatorio de votar remedie los síntomas del malestar con la política y los bajos niveles de la calidad de la democracia.

Publicado en diario La Hora, Ecuador, 17 de abril de 2019.

 

Corrupción y sus causas

Para explicar las causas que producen la corrupción en la sociedad hay varias perspectivas de análisis que provienen de diferentes disciplinas de estudio, así como factores y también un conjunto de elementos de identidad que son parte de la cultura de los pueblos. La más posicionada apunta a las consecuencias desastrosas de que un país cuente con un ineficiente sistema de administración de justicia que refleja impunidad, privilegios, limitada independencia, incredulidad, desconfianza y acción tardía. Bajo estos criterios, una sociedad desencantada actúa por fuera de la ley y genera sus propias reglas para procesar conflictos, escalonar económicamente, sancionar y controlar.

Cuando la corrupción se ha convertido en una práctica cotidiana, en donde las personas perdieron cualquier síntoma de asombro, el atajo es la salida para alcanzar cualquier objetivo. Es decir, quien se sale con la suya es calificado como vivo, despierto y ágil, mientras que el sujeto que se resiste a un conjunto de acciones deshonestas puede ser excluido, membretado de tonto u optar por la espiral del silencio que, en otras palabras, significa “si no puedes con ellos, mejor cállate”, no vaya a ser que la sociedad se encargue de convertirle al honesto en fracasado y al vivo en el prototipo del triunfador.

La corrupción también se propicia cuando se ha cimentado un Estado patrimonialista que desconoce los méritos éticos, las trayectorias profesionales y la formación cívica. Para quienes ejercen el poder, estos factores no cuentan como requisitos en ningún proceso de mejoramiento de la calidad de vida de las personas. Por ello, solo quien tiene padrinos, relaciones e intercambio de favores puede acceder a distintos espacios sociales, laborales, políticos, culturales y económicos. Este tipo de Estado alienta figuras como el nepotismo, el compadrazgo, el asistencialismo y el clientelismo. En este contexto, el ciudadano común pierde el interés por cambiar el orden de las cosas y vive desde su zona de confort.

El tipo de arquitectura institucional de un Estado también podría explicar las causas de la corrupción, sobre todo en gobiernos de corte autoritario, en democracias híbridas o aquellas que no terminan de consolidarse en materia de derechos civiles y políticos, y en las dictaduras, porque ahí no hay instituciones de control independientes, los funcionarios responden a intereses personales, partidistas o grupales y la realidad económica es maquillada bajo la óptica de quien detenta el poder. En estos espacios, todo puede suceder a favor de quienes administran la cosa pública en detrimento de quienes aspiran a cambiar la realidad.

En esta realidad, la impunidad es un virus letal con una onda expansiva indeterminada, puesto que mientras no se castigue a quienes hacen uso arbitrario de los recursos del Estado, las cosas seguirán igual y las personas correrán el riesgo de caer en el pesimismo y la inmovilidad. El efecto contagio puede arrasarlo todo. De ahí que evitar la naturalización de cualquier práctica de corrupción es un desafío mayor, impostergable, de amplia voluntad política y que involucra a todos sin ningún tipo de distinción. (O)

Publicado en diario El Universo, 09 de agosto de 2018.

 

Sociedad líquida

No hay un registro histórico que demuestre la producción de cambios constantes y de tal intensidad en tan poco tiempo. La sociedad actual tiene características propias y entre ellas se encuentran la velocidad, el desplazamiento o movilidad y el cambio que, en conjunto, condicionan directamente todas las actividades, los roles y las expectativas de vida de las personas en todo el mundo. Parecería que los seres humanos quieren actuar como los procesadores informáticos de una computadora y por eso no resulta gratuito que la ansiedad y los síntomas de impaciencia se hayan convertido en moduladores del comportamiento. A muchos les cuesta detenerse a pensar en sí mismos, porque sería contraproducente frente a un sistema que demanda movimiento y producción.

Si bien las tecnologías de la información y la comunicación han hecho su parte para que las personas agilicen procesos, trámites, transacciones y acceso a cualquier tipo de data, sin embargo, los artilugios informáticos son nada más un elemento que explica el tipo de sociedad que vivimos. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman desarrolló el concepto de “sociedad líquida” para referirse al caos de la modernidad occidental, en el sentido de que la superación, entre comillas, de la Guerra Fría entre Occidente y Oriente no solo que aupó desde un cierto sector la idea del fin de la ideología y el triunfo del liberalismo en todas sus facetas, sino que además ese triunfo vino de la mano con la anulación progresiva de los grandes relatos para pasar a una suerte de burbuja en donde todo puede ser válido. Y si todo es importante, por lo tanto nada es importante.

Esta sociedad líquida pondera de mejor manera la coyuntura y no la tendencia. En este sentido, daría la impresión de que el pasado queda en el plano de la anécdota y no de la cadena que explica quiénes somos, adónde vamos y para qué. Todo se circunscribe al relato de los libros de autoayuda y motivación, en donde las ideas fuerzas giran alrededor de vivir el presente y la proyección futura se ciñe como etapa final del exacerbado consumo. Además de que los bienes materiales han trasladado la idea de lo perecible a la vida, es decir, los momentos que antes se consideraban duraderos ahora son efímeros, rápidos y dependen de la agenda de cada cual.

En la construcción de las relaciones sociales hay varios fenómenos que explican la liquidez de la sociedad. La hipersegmentación del comercio es un hecho, pues resulta rentable para el mercado procurar más nichos de venta de los productos y los servicios para edades diferenciadas, provocando mayor individualismo. Por otro lado, la idea de no comprometerse con nada ni con nadie es palpable, pues la soltería debe prolongarse hasta que los padres les digan a sus hijos que ya huelen a “viejos”.

En lo político, la liquidez se expresa en lo frágil, versátil y light que pueden ser las propuestas de los partidos y candidatos, pues los mensajes se anclan en las encuestas. (O)

Publicado en diario El Universo (Ecuador), el sábado 21 de julio de 2018.

Más demócratas

El problema no es la democracia, como algunos sectores dicen, sino la formación de los ciudadanos y, sobre todo, de los políticos en auténticos demócratas. Significa un reto enorme en la cultura cívica, en el sentido de valorar y vivir a plenitud las libertades de opinión, prensa, expresión, asociación y participación, además de apreciar y consolidar la independencia de las funciones del Estado en una lógica de pesos y contrapesos, desde los controles mutuos y la actuación autónoma de las instituciones. En democracia, el principio de igualdad política es vital. Nadie está por sobre la ley ni nadie confecciona leyes a su medida.

La formación en democracia significa considerar y reforzar la ciudadanía como el mejor vínculo posible de desarrollo, sobre la base del respeto y la tolerancia entre distintos y diferentes. Por lo tanto, una verdadera democracia es aprender a vivir en pluralidad de actores, ideas e ideologías. No puede haber democracia si la participación de la población es mínima y casi inexistente. Eso no significa que la participación es únicamente mecanismos de democracia directa por medio de referendos y plebiscitos, sino el involucramiento en actos de rendición de cuentas, veedurías y aportes en proyectos.

Un reto de la democracia es que los actores comprendan la importancia de la alternabilidad, en la media que eso impide la exacerbada personalización de la política, los caudillismos, el arreglo trasnochado entre gallos y medias noches entre operadores que buscan su propio beneficio. La alternabilidad debe producirse en las organizaciones sociales y, sobre todo, en los partidos, pues así se da paso a la reproducción programada de liderazgos en el marco de proyectos que tengan una brújula que sobrepasa el objetivo de cualquier mesías. La democracia interna en los partidos fortalece la cultura cívica.

No se trata de cambiar la democracia, sí de aprender a comportarnos como demócratas y exigir lo propio a quienes tienen sobre sus espaldas la representación del pueblo mediante elecciones o, incluso, porque hubiesen llegado al poder por designación. Más democracia, solo con democracia.

Este editorial fue publicado en diario La Hora, el domingo 17 de junio de 2018

 

Sociedad de la impavidez

La evidencia más cercana de que la participación se ha fagocitado, es decir que atraviesa por la neutralización e inmovilidad, se expresa cuando las acciones que puede hacer cualquier persona en beneficio de otra son antepuestas por la filmación de vídeos o la captura de fotografías, aun cuando se estén cometiendo los más execrables delitos. Para muestra un botón: el asesinato del taxista en la ciudad de Ambato por parte de un delincuente, que operó a plena luz del día y que tuvo una tribuna de testigos que luego inmortalizaron cada uno de sus movimientos desde celulares, para que luego las morbosas imágenes sean viralizadas como prueba flagrante del crimen, magnifica la indolencia. El vídeo circuló en las redes sociales provocando el pánico, pero también la impotencia de que no se hizo nada.

Por ello, en una sociedad en donde las guerras entre los pueblos se transmiten en tiempo real como si fueran videojuegos, todo puede suceder. En las tres últimas décadas, la tecnología no solo que ha irrumpido en todas las actividades de la vida cotidiana para que en algunos casos se simplifiquen etapas, procesos y reduzcan costos, sino para que también nos individualicemos aún más, al punto de provocar reuniones entre amigos por medio de videoconferencias antes que deleitarnos de la presencia entre pares como prueba ineludible de nuestra humanidad. Parecería que la tecnología nos ha puesto frente al espejo, pues refleja nuestras debilidades, temores y altas dosis de horror hasta cuando no nos toque experimentar alguna desgracia.

Parece que cada vez resulta lejana la fabulosa idea de la tribu, es decir de aquello que nos permite sentirnos parte de un grupo, porque dentro de éste tenemos la certeza de que con cada uno de los miembros se actualiza, de manera permanente, poderosos lazos de identidad y pertenencia que, a su vez, nos garantizan seguridad, respeto por los más ancianos, las mujeres y los niños, confianza y la construcción de la memoria colectiva. Aquella idea de ser felices en la aldea, ahora es ridiculizada porque cada cual quiere hacer su vida al extremo de la impavidez y la justificación de cuidar nuestro metro cuadrado.

Las imágenes de la muerte del taxista alimentarán el registro audiovisual de las redes, de ese espacio que es de todos y, por lo tanto, que tampoco es de nadie. Las emociones, los comentarios, las protestas de los cibernautas sobre este crimen, así como de otros, quedarán ahí, en la esfera de lo virtual desde la cual no se resuelven muchas de las cosas que suceden por fuera de las pantallas del cine, de los smarthphones, de las tabletas. Esto no supone, por cierto, caer en la trampa de una mirada apocalíptica del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pero sí obtener una radiografía en múltiples dimensiones en pos de examinar en qué momento de la sociedad vivimos y qué nos ha provocado la inacción de cara a situaciones que ponen a prueba la misma humanidad.