Corrupción y sus causas

Para explicar las causas que producen la corrupción en la sociedad hay varias perspectivas de análisis que provienen de diferentes disciplinas de estudio, así como factores y también un conjunto de elementos de identidad que son parte de la cultura de los pueblos. La más posicionada apunta a las consecuencias desastrosas de que un país cuente con un ineficiente sistema de administración de justicia que refleja impunidad, privilegios, limitada independencia, incredulidad, desconfianza y acción tardía. Bajo estos criterios, una sociedad desencantada actúa por fuera de la ley y genera sus propias reglas para procesar conflictos, escalonar económicamente, sancionar y controlar.

Cuando la corrupción se ha convertido en una práctica cotidiana, en donde las personas perdieron cualquier síntoma de asombro, el atajo es la salida para alcanzar cualquier objetivo. Es decir, quien se sale con la suya es calificado como vivo, despierto y ágil, mientras que el sujeto que se resiste a un conjunto de acciones deshonestas puede ser excluido, membretado de tonto u optar por la espiral del silencio que, en otras palabras, significa “si no puedes con ellos, mejor cállate”, no vaya a ser que la sociedad se encargue de convertirle al honesto en fracasado y al vivo en el prototipo del triunfador.

La corrupción también se propicia cuando se ha cimentado un Estado patrimonialista que desconoce los méritos éticos, las trayectorias profesionales y la formación cívica. Para quienes ejercen el poder, estos factores no cuentan como requisitos en ningún proceso de mejoramiento de la calidad de vida de las personas. Por ello, solo quien tiene padrinos, relaciones e intercambio de favores puede acceder a distintos espacios sociales, laborales, políticos, culturales y económicos. Este tipo de Estado alienta figuras como el nepotismo, el compadrazgo, el asistencialismo y el clientelismo. En este contexto, el ciudadano común pierde el interés por cambiar el orden de las cosas y vive desde su zona de confort.

El tipo de arquitectura institucional de un Estado también podría explicar las causas de la corrupción, sobre todo en gobiernos de corte autoritario, en democracias híbridas o aquellas que no terminan de consolidarse en materia de derechos civiles y políticos, y en las dictaduras, porque ahí no hay instituciones de control independientes, los funcionarios responden a intereses personales, partidistas o grupales y la realidad económica es maquillada bajo la óptica de quien detenta el poder. En estos espacios, todo puede suceder a favor de quienes administran la cosa pública en detrimento de quienes aspiran a cambiar la realidad.

En esta realidad, la impunidad es un virus letal con una onda expansiva indeterminada, puesto que mientras no se castigue a quienes hacen uso arbitrario de los recursos del Estado, las cosas seguirán igual y las personas correrán el riesgo de caer en el pesimismo y la inmovilidad. El efecto contagio puede arrasarlo todo. De ahí que evitar la naturalización de cualquier práctica de corrupción es un desafío mayor, impostergable, de amplia voluntad política y que involucra a todos sin ningún tipo de distinción. (O)

Publicado en diario El Universo, 09 de agosto de 2018.

 

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Sociedad líquida

No hay un registro histórico que demuestre la producción de cambios constantes y de tal intensidad en tan poco tiempo. La sociedad actual tiene características propias y entre ellas se encuentran la velocidad, el desplazamiento o movilidad y el cambio que, en conjunto, condicionan directamente todas las actividades, los roles y las expectativas de vida de las personas en todo el mundo. Parecería que los seres humanos quieren actuar como los procesadores informáticos de una computadora y por eso no resulta gratuito que la ansiedad y los síntomas de impaciencia se hayan convertido en moduladores del comportamiento. A muchos les cuesta detenerse a pensar en sí mismos, porque sería contraproducente frente a un sistema que demanda movimiento y producción.

Si bien las tecnologías de la información y la comunicación han hecho su parte para que las personas agilicen procesos, trámites, transacciones y acceso a cualquier tipo de data, sin embargo, los artilugios informáticos son nada más un elemento que explica el tipo de sociedad que vivimos. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman desarrolló el concepto de “sociedad líquida” para referirse al caos de la modernidad occidental, en el sentido de que la superación, entre comillas, de la Guerra Fría entre Occidente y Oriente no solo que aupó desde un cierto sector la idea del fin de la ideología y el triunfo del liberalismo en todas sus facetas, sino que además ese triunfo vino de la mano con la anulación progresiva de los grandes relatos para pasar a una suerte de burbuja en donde todo puede ser válido. Y si todo es importante, por lo tanto nada es importante.

Esta sociedad líquida pondera de mejor manera la coyuntura y no la tendencia. En este sentido, daría la impresión de que el pasado queda en el plano de la anécdota y no de la cadena que explica quiénes somos, adónde vamos y para qué. Todo se circunscribe al relato de los libros de autoayuda y motivación, en donde las ideas fuerzas giran alrededor de vivir el presente y la proyección futura se ciñe como etapa final del exacerbado consumo. Además de que los bienes materiales han trasladado la idea de lo perecible a la vida, es decir, los momentos que antes se consideraban duraderos ahora son efímeros, rápidos y dependen de la agenda de cada cual.

En la construcción de las relaciones sociales hay varios fenómenos que explican la liquidez de la sociedad. La hipersegmentación del comercio es un hecho, pues resulta rentable para el mercado procurar más nichos de venta de los productos y los servicios para edades diferenciadas, provocando mayor individualismo. Por otro lado, la idea de no comprometerse con nada ni con nadie es palpable, pues la soltería debe prolongarse hasta que los padres les digan a sus hijos que ya huelen a “viejos”.

En lo político, la liquidez se expresa en lo frágil, versátil y light que pueden ser las propuestas de los partidos y candidatos, pues los mensajes se anclan en las encuestas. (O)

Publicado en diario El Universo (Ecuador), el sábado 21 de julio de 2018.

Más demócratas

El problema no es la democracia, como algunos sectores dicen, sino la formación de los ciudadanos y, sobre todo, de los políticos en auténticos demócratas. Significa un reto enorme en la cultura cívica, en el sentido de valorar y vivir a plenitud las libertades de opinión, prensa, expresión, asociación y participación, además de apreciar y consolidar la independencia de las funciones del Estado en una lógica de pesos y contrapesos, desde los controles mutuos y la actuación autónoma de las instituciones. En democracia, el principio de igualdad política es vital. Nadie está por sobre la ley ni nadie confecciona leyes a su medida.

La formación en democracia significa considerar y reforzar la ciudadanía como el mejor vínculo posible de desarrollo, sobre la base del respeto y la tolerancia entre distintos y diferentes. Por lo tanto, una verdadera democracia es aprender a vivir en pluralidad de actores, ideas e ideologías. No puede haber democracia si la participación de la población es mínima y casi inexistente. Eso no significa que la participación es únicamente mecanismos de democracia directa por medio de referendos y plebiscitos, sino el involucramiento en actos de rendición de cuentas, veedurías y aportes en proyectos.

Un reto de la democracia es que los actores comprendan la importancia de la alternabilidad, en la media que eso impide la exacerbada personalización de la política, los caudillismos, el arreglo trasnochado entre gallos y medias noches entre operadores que buscan su propio beneficio. La alternabilidad debe producirse en las organizaciones sociales y, sobre todo, en los partidos, pues así se da paso a la reproducción programada de liderazgos en el marco de proyectos que tengan una brújula que sobrepasa el objetivo de cualquier mesías. La democracia interna en los partidos fortalece la cultura cívica.

No se trata de cambiar la democracia, sí de aprender a comportarnos como demócratas y exigir lo propio a quienes tienen sobre sus espaldas la representación del pueblo mediante elecciones o, incluso, porque hubiesen llegado al poder por designación. Más democracia, solo con democracia.

Este editorial fue publicado en diario La Hora, el domingo 17 de junio de 2018

 

Sociedad de la impavidez

La evidencia más cercana de que la participación se ha fagocitado, es decir que atraviesa por la neutralización e inmovilidad, se expresa cuando las acciones que puede hacer cualquier persona en beneficio de otra son antepuestas por la filmación de vídeos o la captura de fotografías, aun cuando se estén cometiendo los más execrables delitos. Para muestra un botón: el asesinato del taxista en la ciudad de Ambato por parte de un delincuente, que operó a plena luz del día y que tuvo una tribuna de testigos que luego inmortalizaron cada uno de sus movimientos desde celulares, para que luego las morbosas imágenes sean viralizadas como prueba flagrante del crimen, magnifica la indolencia. El vídeo circuló en las redes sociales provocando el pánico, pero también la impotencia de que no se hizo nada.

Por ello, en una sociedad en donde las guerras entre los pueblos se transmiten en tiempo real como si fueran videojuegos, todo puede suceder. En las tres últimas décadas, la tecnología no solo que ha irrumpido en todas las actividades de la vida cotidiana para que en algunos casos se simplifiquen etapas, procesos y reduzcan costos, sino para que también nos individualicemos aún más, al punto de provocar reuniones entre amigos por medio de videoconferencias antes que deleitarnos de la presencia entre pares como prueba ineludible de nuestra humanidad. Parecería que la tecnología nos ha puesto frente al espejo, pues refleja nuestras debilidades, temores y altas dosis de horror hasta cuando no nos toque experimentar alguna desgracia.

Parece que cada vez resulta lejana la fabulosa idea de la tribu, es decir de aquello que nos permite sentirnos parte de un grupo, porque dentro de éste tenemos la certeza de que con cada uno de los miembros se actualiza, de manera permanente, poderosos lazos de identidad y pertenencia que, a su vez, nos garantizan seguridad, respeto por los más ancianos, las mujeres y los niños, confianza y la construcción de la memoria colectiva. Aquella idea de ser felices en la aldea, ahora es ridiculizada porque cada cual quiere hacer su vida al extremo de la impavidez y la justificación de cuidar nuestro metro cuadrado.

Las imágenes de la muerte del taxista alimentarán el registro audiovisual de las redes, de ese espacio que es de todos y, por lo tanto, que tampoco es de nadie. Las emociones, los comentarios, las protestas de los cibernautas sobre este crimen, así como de otros, quedarán ahí, en la esfera de lo virtual desde la cual no se resuelven muchas de las cosas que suceden por fuera de las pantallas del cine, de los smarthphones, de las tabletas. Esto no supone, por cierto, caer en la trampa de una mirada apocalíptica del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pero sí obtener una radiografía en múltiples dimensiones en pos de examinar en qué momento de la sociedad vivimos y qué nos ha provocado la inacción de cara a situaciones que ponen a prueba la misma humanidad.

Coctel explosivo (narcoestado)

Colombia lo sabe, pero el caso de México cabe mejor cuando se analizan las consecuencias del narcoestado. Esta palabra, que por sí misma es explosiva, es la conjunción y articulación de un sinnúmero de acciones que lleva a cabo el crimen organizado en la búsqueda de sus objetivos: incrementar exponencialmente sus ganancias mediante actividades ilícitas y, simultáneamente, fortalecer y ampliar su red de dominio con el control de las instituciones del Estado, las cuales deberían, en estricto sentido, garantizar los valores de la democracia, la seguridad, la defensa y los derechos humanos.

La configuración de un Estado que fue tomado por el narcotráfico no se explica con una fórmula, ni tampoco es el resultado de un recetario, más bien se comprende por las características institucionales de cada país, es decir, de su fortaleza o permeabilidad ante este fenómeno. En este sentido, cualquier democracia débil, en la medida que no haya logrado la consolidación de un sistema de justicia independiente, autónomo, oportuno, incluyente y de universal acceso, y que además, se debate entre la impunidad y el patrimonialismo, es presa fácil de grupos que actúan por fuera de la ley e imponen sus propias formas de procesar conflictos a su favor.

Un elemento que puede apoyar la explicación del narcoestado es el control y la cooptación de las fuerzas del orden que garantizan la seguridad interna y externa por parte de las agrupaciones delictivas, es decir, la ciudadanía pasa a un contexto de indefensión cuando la confianza en quienes deben resguardar sus vidas se diluyó o cuando es un secreto a voces que las redes del crimen organizado están integradas por policías y miembros de las Fuerzas Armadas. En México, la credibilidad en la Policía es escasa, además de ser insuficiente en cobertura y eficiencia.

Otro fenómeno que da paso al narcoestado es la corrupción y, más aún, si en sus distintas prácticas logra naturalizar la compra de conciencias, el cohecho, el tráfico de influencias, el peculado. Aquí surte efecto la máxima de que en donde todo se puede comprar, los ciudadanos honrados se convierten en especies en extinción y están constantemente acechados por quienes son eslabones de grandes redes, en donde pueden estar involucrados hasta quienes ocupan las posiciones más estelares de la política.

El momento de mayor clímax del narcoestado es cuando corre con candidatos propios para las elecciones o también cuando tiene representantes por designación, quienes maniobran a su favor desde la justicia, la legislatura y el rector electoral. En las campañas, el narcoestado abre sus tentáculos e introduce el dinero ilícito junto con prácticas descomunales de clientelismo y hasta intenta modelar la opinión pública con encuestas sin veracidad. Esto que ha sido señalado debe analizarse con mucha preocupación, precisión y cautela, pues solo uno de estos elementos podría dinamitar en mil pedazos las instituciones y poner en riesgo la democracia, sobre todo a uno de sus mayores valores como es la confianza. México y Colombia son los ejemplos de lo que se puede evitar. (O)

Publicado el jueves 3 de mayo de 2018 en diario El Universo (Ecuador)

Narcoestado

Intelectualidad cómplice

Un sector autodenominado como los intelectuales de la exrevolución ciudadana (en Ecuador) sigue exponiendo con furia y ensimismamiento apoyo total y ciego a la década correísta, porque en su momento creyeron que les llegó su turno en el ejercicio del poder desde diversos espacios. Es decir, la imposición de sus ideas de “izquierda progre y socialista”. Además de poner en marcha un conjunto de experimentos nunca antes probados ni tampoco exitosos: un modelo de economía heterodoxa, el neoconstitucionalismo criollo, las piruetas ideológicas del buen vivir y la felicidad por decreto. En otras palabras, se sumergieron en juegos pirotécnicos respaldados por un monumental aparato de propaganda.

Entre esos intelectuales están quienes defendieron los derechos humanos antes del correísmo y luego justificaron la judicialización de la protesta social y la persecución a líderes, dirigentes sindicales, indígenas y periodistas. También están los tibios o aquellos quienes criticaban la exrevolución correísta, pero les encantaba ir a los cocteles, codearse con las autoridades y ofrecerles una que otra asesoría o consultoría. Imposible olvidar a quienes introdujeron la verborrea en discursos sobre la “dictadura del amor”, del buen vivir, del 30-S y “el día que se recuperó la democracia”.

Esos intelectuales, profesores de universidades, escritores, cantantes y artistas, repetían que el “Presidente es el Jefe de todas las funciones del Estado”, que “la comunicación es un servicio público”, los “golpes blandos”, “la prensa corrugta, así con g”. Varios “intelectuales” de la exrevolución se quisieron tomar las universidades por asalto como la Andina o estrangular económicamente a la Flacso También se hicieron los locos cuando llegaron las recomendaciones de las Naciones Unidas al Estado, debido a las transgresiones de los derechos civiles, políticos y humanos. Otros prefirieron “mediatizarse” como académicos sin contar con un récord de publicaciones reconocido o participación internacional con pares, más bien reiteraron sus nostálgicos discursos de los años setenta y ochenta. El arribismo intelectual no faltó por su afán de ascenso y la imitación exacerbada del “gran jefe”. (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/punto/1/intelectualidad-complice

Si va a hacer uso de la misma, por favor, cite nuestra fuente y coloque un enlace hacia la nota original. www.eltelegrafo.com.ec

Está publicado originalmente en diario El Telégrafo, el 22 de abril de 2018

En:

Intelectualidad cómplice

#NosFaltan3

El presidente, Lenín Moreno, tuvo que reconocer un secreto a voces: la seguridad atraviesa por un estado de indefensión. Basta recordar algunos vergonzantes hechos como los helicópteros DRUV que se cayeron, los radares inoperativos y el obsoleto equipamiento de las Fuerzas Armadas, sin perder de vista el intento permanente de los revolucionarios por fracturar las relaciones entre oficiales y voluntarios, además de haber desviado las tareas de Inteligencia en la pesquisa contra la oposición y periodistas, cuando la Inteligencia debe alertar los riesgos del crimen organizado.

Ante el secuestro de tres periodistas en la frontera norte, Lenín tuvo que decirlo en otras palabras: una década de ideologización de la seguridad al calor de cantos estridentes en homenaje al Che Guevara mientras la zona de frontera era presa fácil de quienes no aceptaron ni tampoco se adscribieron al proceso de desmovilización de las FARC-EP. El Presidente, en palabras más y palabras menos, dio crédito a las advertencias que los expertos en seguridad habían manifestado desde que se inició el proceso de diálogo y paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y los líderes de la guerrilla. Ecuador iba a ser afectado, no solo por la desmovilización de los grupos subversivos, sino también por la escasa presencia del Estado ecuatoriano y colombiano en los dos lados de la frontera.

Es necesario recordar que por el ministerio de Defensa han pasado un sinnúmero de funcionarios sin experiencia. La revolución ciudadana acomodó a sus amigos en estos cargos de enorme responsabilidad sin haber dimensionado los efectos propios de un mundo demandante de respuestas al crimen organizado, a las guerras de cuarta generación, a las dinámicas fronterizas en territorios completamente pauperizados. Pese que acá no se logró imponer en el Ejército el grito de “patria o muerte, qué viva el socialismo del Siglo XXI” como en Venezuela, sin embargo las Fuerzas Armadas tuvieron una relación agria, inconforme y distante con el Gobierno.

Las recetas están a la orden del día, pero la más sensata es que el Presidente seleccione a personas expertas en Seguridad, Defensa y Relaciones Exteriores en los ministerios y que redimensione el papel del periodismo en la calidad de la democracia.